Entrevista al Dr. Fernando Fuenzalida Vollman (1936) apareceda en el diario El Comercio el día 05/06/1999; página a36.
A primera vista, lo que se adivina es que este hombre hundido en un sillón apenas duerme. No es asunto suyo el insomnio, pero sí el reto de burlar al tiempo y al ilusionismo de este mundo moderno con una curiosidad impenitente: lector de novelas policiales, gastrónomo de sancochados y cocidos, aficionado a la equitación y el montañismo, fanático de Internet y de los noticiarios de cable, Fuenzalida no es de los intelectuales que ha hecho su prestigio desde una torre de marfil y del desdén por el sentido común. Ahora desde su sillón, hundido por décadas de lectura, revisa las sinuosas rutas de nuestra fe en este siglo.
¿En qué hemos creído en los últimos cien años?
Una pregunta más precisa seria en qué han creído las clases ilustradas de la sociedad industrial y moderna, las que han ejercido la autoridad del saber desde las academias a las universidades. ¿En qué han creído y hecho creer los "doctores" de Arguedas? Pues en la ciencia. Desde fines del siglo pasado y hasta los comienzos de éste, lanzaron un grito de triunfo: la ciencia tenía ya todas las respuestas.
¿Tiene que ver con el mito del progreso?
Más bien con el mito del Fin de la Historia, la tesis de Fukuyama que cree que ya hemos llegado a la cumbre y que ya no hay retroceso posible. Huntington, más cerca de la verdad, anuncia el derrumbe en medio del caos religioso e interétnico.
Originariamente, la palabra fe significa confianza, y también la ciencia se sostiene en la fe, que es la mutua confianza. No existe ningún ser humano que pueda tener evidencia experimental e inmediata de todo lo que cree saber. Gran parte de lo que cree saber está basado en la mutua confianza de quienes investigan y anuncian sus logros.
Esa fe en la ciencia triunfante se disipa ahora, minuto a minuto, y, paradójicamente, no en las masas tercermundistas, sino en la clase ilustrada de las naciones del Primer Mundo. Desde el punto de vista sociológico, es el derrumbe de la confiabilidad en los fundamentos de nuestra civilización.
¿Y en qué hemos, entonces, sostenido esa confiabilidad?
En la razón. Pero esta razón ha evolucionado en rostros distintos. Al pasar de los siglos, hemos definido la razón y el modo de usarla de diversas maneras: tradición, sentido común, razón filosófica, razón teológica, ciencia. Pero también la hemos llamado recuerdo social, experiencia, lógica, visión trascendente, método, cálculo, memoria, eficacia, coherencia, rigor de la prueba, probabilidad estadística. La ciencia de los "doctores" de hoy día es probabilidad estadística y cálculo. Lo conjetural y lo abstracto.
Pero al final hemos creído en la ciencia...
Si, y hemos quemado inciensos a los ídolos de la estadística y el método. Creímos haber abolido, desde comienzos del siglo pasado, las supersticiones de la religión y la magia. Creímos haber construido una nueva imagen del mundo, adecuada a lo real, en basé a una trinidad secular o profana: ciencia, método y cálculo, tres versiones distintas de "una sola razón verdadera".
Quisimos derivar, desde ahí, una visión absolutamente confiable de la ley natural y una ética universal aceptable por todos, que derivara en el gobierno científico y en el manejo perfecto de los asuntos sociales: orden, justicia social y progreso. Nazismo y marxismo intentaron,:. sin éxito, la subordinación de la vida del hombre a las doctrinas científicas.
Sin embargo, hubiera sido preciso que las verdades a las que la ciencia condujo hubiesen sido, en efecto, definitivas e inmutables.
¿Qué sucedió entonces?
Cuánto más aplicábamos esta concepción y este método, tanto más comprobábamos que lo último que habíamos creído saber era falso. Su aplicación tecnológica no mejoraba la vida, sino que terminaba por empobrecerla y ponerla en peligro. La prosperidad y la justicia se alejaban como cualquier otra utopía. La velocidad del avance siguió acelerándose y las verdades científicas terminaron primero por ser relativas y luego por ser desechables.
La verdad de hoy se convierte inexorablemente en la mentira de mañana. Teorías e hipótesis pululan en una especie de bosque jurásico envuelto en la bruma. El modelo formal reclama el estatus de arquetipo platónico. El mundo se abstrae y se hace virtual. Los límites de lo posible y de lo imposible, de lo real y de lo irreal se han vuelto confusos.
Entonces, el hombre de hoy ya no puede depositar su fe en la ciencia. Comienza a explorar otras razones posibles, las antiguas creencias o la especulación arbitraria: dogmatiza, imagina o inventa. En la encrucijada, vacila o renuncia totalmente a la crítica y se hace fundamentalista o fanático. O lo relativiza todo y se vuelca al cinismo.
Durante todo este siglo, ha habido, por ejemplo, testimonios de vírgenes que lloran...
En estos casos, las que han sido las dos últimas autoridades a las que se atribuyó confiabilidad en nuestro moderno sistema de creencias, es decir, la Iglesia y la ciencia, se inhiben o niegan de plano lo que está siendo informado como experiencia por miles. O, simplemente, se declaran perplejas. Un día se niega, al siguiente se explica y luego las explicaciones se cambian por otras.
Explicaciones no faltan. Más bien tenemos exceso. Autoridades reconocidas se contradicen a diario. Los medios de masa alimentan el caos. Eso ha terminado por generar un vado de confianza o de fe.
¿El comunismo, que en última instancia tenía la idea del paraíso terrenal, fue también una forma más de la fe? ¿Es que la razón se hace fuerza?
Por cierto. Comunismo, nacional-socialismo y fascismo quisieron llenar el vacío dejado por la fe religiosa mediante una visión total del mundo, que tuviera una definitiva e irrefutable fundamentación en la ciencia.
Casi todas las grandes ideologías y partidos políticos de los siglos recientes fueron sustitutos de las religiones e iglesias. La ideología neoliberal tiene la misma aspiración en secreto. Si antes el comunismo exaltaba la propiedad impersonal del Estado, ahora el neoliberalismo endiosa las finanzas anónimas. Si antes el comunismo, promovía la lucha de clases, hoy el neoliberalismo promueve la guerra de todos contra todos. Si antes el comunismo imponía la cultura de clase, hoy el neoliberalismo vuelve homogénea la cultura mundial en un cosmopolitismo hegemónico. Y donde antes el nazismo, por fin, exaltaba la fuerza; hoy, el neoliberalismo la exalta aún más convirtiéndola en el criterio final del derecho. Se muestra como la más subversiva entre las ideologías del siglo que acaba. En cambio, el comunismo y el nazismo se quedaron a mitad de camino, con su estatización de recursos, su limitada guerra de clase o de raza y su internacionalismo arianista o de clase.
¿Ya no sabe en qué creer el hombre de este siglo?
La gente ya no sabe en quién puede confiar, quién tiene autoridad sobre qué: un rockero declara acerca de política internacional, un futbolista opina sobre física atómica. Multitudes nos juran que vieron los ovnis y otras multitudes los niegan.
¿A quién podremos creerle si no lo podemos comprobar de manera directa? Se ha creado un estado de confusión y desconfianza de tal magnitud que se puede ser escéptico frente a todo, puesto que todo se contradice.
Pero también se puede buscar refugio en alguna clase de creencia que elegimos arbitrariamente. Así saltamos de una religión a otra, de, una secta a otra, de un partido a otro. O eventualmente buscamos la fe en un retorno a las creencias de nuestros abuelos, como en los movimientos neoetnicistas (por ejemplo, los de Yugoslavia o Ruanda, con sus depuraciones raciales y religiosas) o buscamos un retorno a los fundamentos de la revelación de nuestros padres y, entonces, nos hacemos fundamentalistas (islámicos, judíos, protestantes, católicos). O por último, nos inscribimos en los nuevos cultos tecnológicos, que son los esfuerzos de una multitud de grupos, no ya como en las primeras décadas de este siglo para construir nuevos sistemas políticos en base a supuestos científicos (comunismo, nazismo), sino para construir nuevas religiones ('new age', ufología, culto del ombligo o satanismo).
Todo esto se da en el marco de una sociedad de mercado. La gente comienza a consumir y a desechar verdades y religiones con la misma velocidad con la que compra los productos en el supermercado.
¿En qué, entonces, creen más ahora los hombres?
El arbitraje de lo confiable e inconfiable, de la fe y del escepticismo, así como el del bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, que, hasta comienzos de este siglo, había estado sucesivamente a cargo de la religión y de la ciencia, ha terminado por quedar en las manos de los medios de masas: la prensa, el cine y la televisión. Se encuentra a la venta. Ha sido administrado con irresponsabilidad y puesto al servicio venal de todo interés que lo quiera comprar y ha terminado sufriendo de un desprestigio mayor que el que sufren religiones y ciencias.
Hoy por hoy, las grandes masas no hacen ya casi ninguna diferencia entre la verdad y la ficción que los medios trasmiten. Lo cierto, lo bueno y lo bello comparten, hoy día, la condición pasajera y contingente de las modas y la comida chatarra. No son sino productos de mercado entre otros productos mercado.