Indice

* Arrullo de los autos

* Poema a propósito de la visita del maestro y de la mujer que conocí esa noche en un expendio de alcoholes

* Grito historiográfico al borde del abismo


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Poemas de la ciudad o cualquier otro título que se me ocurra

Por Alfredo Elejalde F.
Lima, 1999


Arrullo de los autos

sólo la oscuridad
y el silencio
el crujido inacabable
de los autos
navegando en el asfalto
la oscuridad
el bosque silencioso
que soy
bañado de concreto
/
no conozco la respuesta
no la hallo
desconozco la pregunta
entre muros y cemento
escondido
en el silencio
escondido
en la oscura soledad
de una noche inacabable
/
la ciudad se ha posado
en mi lomo
y me encuentro
adormilado
y me busco
adormilado
y los viejos seres de los bosques
acoderados en el puerto
no murmuran
/
tengo ganas de rasgar
las paredes
y me escondo
como un niño temeroso
pompa de silencio
de fúnebres cantos
nuncios del momento
este momento
con el lápiz en la mano
aherrojado
en la urbe
atado a los postes
amarrado
y concluyo
siempre concluyo
disfrazado
pacífico ciudadano
de un rincón mundano
/
pesa sobre mí el rugido
de los autos
clara es la noche
y brilla la luna
inmóvil en el cielo
/
piedra sobre piedra
deshago la muralla
desconecto las alarmas
abro las puertas
no hay nadie aquí
la oscuridad es el manto
que cubre la verdad
la única
la inconmovible verdad
y nada puedo decirte
/
busco entre mis dedos
una profética avenida
¿en qué momento
brotaron estos muros
que me agrupan
en las listas de las calles
como líneas en el rostro
de un anciano
maloliente
anclado en una esquina
recordando el silencio de los bosques
y las flores
entreabiertas?
la ciudad me ha decorado
yazgo de gris
recubierto de cemento
bajo el peso de deshechos
en los techos
de las casas
cae de mí una nube
son las lágrimas hirvientes
es la baba que espumea
diría que estoy loco
no sé cómo he llegado
hasta aquí
/
veo mi rostro en el espejo
¿estoy alli?
¿soy allí?
lo que veo
lo que soy
en la oscuridad
en silencio
nada que pueda ya decir
lotizado
urbanizado
las leyes de la física
dedos hipotecados
como un dragón amarrado
bajo tierra
o un canario encadenado
y ya no quiero hoy salir
/
ya no quiero andar
por las calles
pero es de mal gusto
hasta el último cartucho
la confesión de la derrota
mejor tomemos un terreno
plantemos banderolas
amarremos inasibles hileras
de esteras amarillas
la ciudad es el reino
yo soy la ciudad
soy casi una puta vieja
en camino real
y en silencio recibo
los insultos de los coches
de los niños dormidos
bajo
el puente o el jaleo
/
el paseo de la república
es un corte de navaja
en el vientre de la madre
te he matado
madre
te he matado
padre
hermano
y tú
que has tenido lo tuyo
pones cara de pendejo
y sonríes en silencio
en la noche
/
tengo tierra en las uñas
polillas en la panza
los ojos miopes
hongos en los dedos
la putrefacción ha llegado
a la carne
disfrazada de edad
de vereda
de postes y de parques
y te veo
sentado en la banca de madera
máscara de transporte urbano
y el cuello seboso
y la mirada torcida
y las manos aferradas
a una bolsa de papel
donde llevas tus palabras
la pública mentira
la cosa dicha
y desdicha
/
la mesa torcida
y el piso
una mayor ampliación racional
a las 8:45 a.m.
¿qué tal?
la taza humeante en una mano
la gringa en la distancia
y platos dibujados
junto al lecho
un suave ahí
y una sonrisa cortés
y río
y ríen
a las 8:45 a.m.
el horario de las bellas
horas inmutables
entrando indiferentes
saliendo
riendo el comentario
la invisible pared
que recubre las cosas
en lo hondo del armario
allá en casa
en lo hondo del silencio
en la noche
y siempre
como quien espera el alba
susurrantes silencios suavemente inciertos
a las 9:00 a.m.
enrolladas
incólumes
geométricas
ciudad de matemática incandescencia
como un beso en la mejilla
de la imagen del espejo
piedra soñada
y labrada
por el tiempo
arenisca apretujada
en la argamasa
oscura como el viento
aherrojada
enrollada con los brazos
extendidos
hacia un cielo encubierto
escondido tras los rayos
del incierto
sol de los lamentos
pétreo peregrino en el yermo
descalzo
desnudo
desvelado
desarmado por el paso
incesante
del polvo incandescente
del desierto
¡¡¿qué sé yo?!!
/
combinados los trebejos
amarrados
a las 11:45 a.m.
adobados bajo el techo
colérica desviación
¡tanta furia!
¡tanto tiempo!
tornado risco inconmovible
asomado
al borde
del
abismo
celestial cemento
yo ya quiero irme
¿adónde vas?
¿ah?
el rostro de niña se duplica
en la ventana
con los ojos sonrientes
reclinada la cabeza
no
sólo un gesto
no
y la pálida mano
extendida
va cayendo
/
la Ley es la única moral
y el último color de invierno
asemeja una puta vieja
/
a la vuelta de la esquina
en el cieno
bajo el techo de los cielos
entreabiertos
húmedo por el tiempo
seco por los cimientos
sobre un asfalto
del sabor
y
del color
del origen criminal y ateo
un remolino movido
en el silencio
bajo el rugido animal
y el estampido animal
y el negro solsticio
virginal
en que tu blanca panza
sobresale
impúdica y gloriosa
sobre el resto
/
camino pues
y te veo
y me veo
viejo jardín
de invisibles leprosos
asoleándose
a lo largo de los tubos
y las líneas que llevan
su humanísima carga de escoria
y desesperanza
bajo un sol de invierno
entubado
alambrado
aplanado bajo el suelo
sostén
del idílico encubrimiento
en que
sonriente
con un hueso
dividido en incontables
astillas de endurecimiento
con una oscura mirada
de ajeno ensordecimiento
¡sórdido descubrimiento!
¡mísero encantamiento!
/
perplejo y rutinario
desplazado
desposeído
las barbas en remojo
inútil y lapidario
el ceño se frunce
en el mudo lote
de arenas y cascajos
/
dios nació en el exilio
con su horia bajo el brazo
entre pericote y gato
entre dos cascotes
y un zapato
jalado a su uno
desbordado en huayco
aluvión de pena
sobre humano asfalto
/
envuelto en seda
en covacha de cristal labrado
las armas en la mano
parido
solo
con las tripas al viento
¡pabellón de humano
reconocimiento!
como una música gloriosa
subida de un bar vacío
de mesas ensimismadas
como un grito
a la nada
/
pero así ocurro
sobre papel o cemento
día a día
como el crepitar del fuego
disciplinada andadura
arnés de deslumbrante atolladero
/
y así vuelves a tu almendra
como pústula herida
o grito burlón
y muerte al cielo descarnado
y liberación de estruendo
y copa de cristal
y claro del bosque
y danzan enloquecidas
las venas en el rostro
arrulladas por los autos
y violines en el pelo
y las furias desatadas
y la sensación
de haber oído a dios
Y el amor escondido
tras esa roca
sonando
sonando

Poema a propósito de la visita del maestro y de la mujer que conocí esa noche en un expendio de alcoholes

(Al maestro Verástegui)

no quiero escribir de lo extraordinario
de lo ido en el tiempo que
sabe usted
es inmisericorde
podría escribir Son sus ojos el color que llega de la noche
y aunque sus cabellos no guarden la compostura natural de los días
hay cierta mansedumbre en el sudor de su rostro
y cierto oleaje en sus aguas claras
y cierto remoto rincón de la alcoba que espera
su canto bíblico
y cierto roce de la piel
pero aún así
no quiero escribir de nada trascendente
/
(el tiempo desaparece en el transcurso del tiempo
pero esa perogrullada no dice nada
sino educación formal y dolorido asiento
y una edad
y un camino entreabierto
entre juncales de ladrillos
cantos de aves mecanizadas al unísono
riego de las plantas de la aurora
como garúa fina
o sollozar de cierto
pues sí
así fue y no lo puedo negar)
/
y ahora que está decidido
y no lo puedo negar
mírome las manos turbulentas
y el ajuar gastado
y ciertas estrías en los pies
y aunque de día voto por pitágoras
la noche viene lenta
como dice el maestro
hasta el angelical pubis
donde se cocina la maravilla
pero no es el amor el que abre las compuertas
del cielo que la canción proclama
azul como la curvatura honda de su beso
rojo como la imaginada línea que bordea su hendidura
pues no la conozco
y aunque la he visto casi a diario
en mis sueños
no es más que la imagen infantil y triste que acongoja
y adolescente canto pleno
o rapto de tímida angostura
o gruñido que hace el amor a una niña asustada
y tierna
pero nada hay ya de eso
sino recuerdo
/
y constantemente me pregunto
me pregunto hasta deshacer el reflejo del sol en el polvo
que flota sobre las calles de esta mi ciudad
y
de alguna feroz manera
terminar con la suave religión
que la suave religión
ella
la que invita a unidad de cosmos malandrín y hermoso
termina en un coqueteo tipográfico
en una señal oscura engatusada hasta el índice alfabético de la dulce morada
donde las respuestas se acorazan de palabras
/
sin embargo
si no es de sorpresas metafísicas
tampoco es de la palabra de lo que quiero disertar
pues ya todos saben que las palabras
como niños juguetones y ciegos
podrán jamás remontarse
más allá de las palabras
y al rayar el alba
el cigarrillo
la única salvación
o el encanto
/
tal vez si te hablara del Angel de la Desesperanza
maestro
que no sé cómo
pero sabemos ya que tal cosa
podría darse el caso
no exista sino en la mente disciplinada
o en el ocaso
no pues
no es de Angel alguno que podría yo decir
cosa alguna
/
aún al conversar con el Angel de la Realidad
en el umbral de la puerta que celosamente guarda
hechura y corolario de una poética arrebatada
a la fuerza
a la palabra
recto oxímoron de palabra desbordada
a la fuerza
sé que nada hay sino recado
/
vea pues maestro
escribir pero silencio
/
en el fondo
los dedos dicen solos
y la voluntad es sólo ritmo
pues el recorrido
el ínfimo camino
el amado prado
o la memoria

la memoria
ella
la memoria
de ella puedo decir
pero me niego

Grito historiográfico al borde del abismo

porque las grietas de las calles se acumulan bajo los pies
y en medio de la multitud
como quien no quiere la cosa
levanto mi mano derecha con el puño cerrado
y disparo un aullido en lo profundo
desde lo hondo del bosque personal y secreto
desde el invisible y ficticio amasijo
de árboles
ventanas
luces de neón
como un gringo de los cincuentas resucitado y militante
que descubre que ya no existe Barcelona
y el sur de San Francisco es una bola roja
en las guías turísticas
y el peyote ha sido incorporado
a las enciclopedias historiográficas
/
anido en cada piedra del camino
en cada mota de polvo
cada ladrillo
y sigo con la mirada el silencioso vuelo
de grito que se abre al mundo
como una rosa roja
como una rosa negra
y resplandece frente a mis gafas
con un calor de tierra en celo
/
con una mirada cómplice
el humano de al lado sonríe
frente a los carros de la policía
e impávido tramita su cupo de alegría
/
con una mirada cómplice
cada pedazo de ciudad se me acerca
y el negro suelo se deshace
sobre su blanco suelo
mientras asumo posición de trebejo
y me dispongo a destrozar al pobre peón de torre
/
con una mirada cómplice
las viejas tripas se tuercen hacia afuera
y camino ondeando sangrientos e invisibles pendones
sumido en rol de fantasmagórico regimiento
/
pero sé que hay un profundo engaño en todo esto
y aunque veo la disolución de la memoria
y de la carne
alcanzo a distinguir las desvanecidas líneas a lo lejos
/
la mar
la serena ironía
/
porque en el fondo todo se reduce a tu ausencia
y cada piedra en la vereda
cada sensación de hielo
cada furia desatada en el invierno
cada gesto de un rostro que no es tuyo
es tuyo y ajeno
y me adueño de la imagen que remonta el tiempo
y como un niño la destrozo con mis manos
y clavo los pedazos muy hondo
y abro grietas en las calles
como quien no quiere la cosa
y la vieja herida se disfraza de ladrillo
y el océano domeñado por el grifo
salta burlón a la batea
/
hay cierta terrible cualidad
cuando la pérdida de la inocencia
insurge militante
desde el fondo del abismo
y se hace niebla día a día
/
pero veo que me engaño
que alejo de mi boca las sílabas de tu nombre
y me asemejo
verde sobre rojo
enteramente a merced del viento
torcido árbusto al borde del abismo
tenebroso pasaje entre dos altas paredes
en cada mota de polvo del alba que no viene
/
y anido en las grietas de la pista
y observo el vuelo de grito a la distancia.


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