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Borges y yo

Por Alfredo Elejalde F.
Lima, junio de 1999.


Mis primeras lecturas borgianas fueron signadas por ciertos prejuicios ambientales, comunes hacia 1986. Básicamente, dos : que la suya era una literatura alejada de cualquier sentimiento personal y que Borges era un autor filosófico. Es decir, un inhumano escritor inmune al amor, al odio o a la simpatía y que, aunque aislado de la vida humana, era racionalmente estimulante.

Todavía recuerdo el inesperado descubrimiento de un poeta extremadamente lírico, ajeno totalmente a los prejuicios que castraban su dimensión afectiva, evidente en la pregunta del poema Ausencia :

¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
(Jorge Luis Borges, Ausencia, Fervor de Buenos Aires, 1923)

Pero lo que realmente llamó mi atención fue la construcción de un cuento, El Aleph. La historia no es desconocida. El personaje Borges, todavía enamorado de Beatriz Viterbo, muerta en 1929, visita todos los años la casa de la amada. Allí, el antipático primo sufre las visitas del devoto amante y comparte con Borges su afición literaria. Carlos Argentino Daneri, el primo de Beatriz, muestra a Borges, en abril de 1941, unos pésimos versos de un ambicioso poema suyo que pretende representar el mundo entero, lo que da pie a una serie de comentarios irónicos y reflexiones sobre la escritura poética. Un día de octubre de 1941, Carlos comenta que la casa de la calle Garay iba a ser demolida y, lleno de angustia, lleva a Borges al sótano para mostrarle la verdadera razón de sus temores. Escondido entre los escalones, había un Aleph, un punto en el espacio que encierra todos los puntos, o, si se quiere, el lugar que permite ver todos los lugares simultáneamente. Pero Borges, después de contemplar el universo, decidió vengarse de Carlos actuando condescendientemente, como si no hubiese Aleph alguno y le estuviera siguiendo la cuerda a los desvaríos de su amigo.

El cuento terminaría ahí si no fuese por una posdata de marzo de 1943. En ella, el personaje Borges se burla de la oficialidad literaria y del Aleph mismo. Que la publicación de una selección de "Trozos Argentinos" por la Editorial Procusto le haya valido el Segundo Premio Nacional de Literatura a Carlos Argentino Daneri y que "Los naipes del tahúr" de Borges no lograra ni un solo voto, es la ironía final del desarrollo narrativo del tema de la literatura. Sin embargo, me parecieron más interesantes las dudas sembradas sobre la existencia misma del Aleph.

Borges, el personaje, afirma que el Aleph de la calle Garay es un falso Aleph, pero que él cree haber visto el verdadero en el centro de una columna de la mezquita de Amr, en El Cairo. Luego, termina esta puesta en crisis dudando incluso de la fidelidad de su memoria, incapaz de retener la visión del universo, incapaz de fijar la imagen misma de la amada Beatriz :

"¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz." (Borges 1970, 79)

Este cuento me gustó siempre, tal vez porque desde la primera lectura me vi dentro de un mundo en el que existen objetos como el Aleph; en el que se puede reconocer excitantes correspondencias literarias del tipo "Ah, Beatriz Viterbo es la Beatriz de Dante" o "Daneri es Dante Alighieri"; y en el que se reconocen la fuerza de la pasión amorosa, la de Borges por Beatriz, o de la venganza de Borges contra Daneri.

Pero este cuento es también, y principalmente, una historia de mezquindades : el Aleph sustituye la difícil vía mística de las religiones pues no es premio a ningún esfuerzo ni se accede a él gracias a una misteriosa unicidad con el universo, sino por el azar de la escalera de la casa de la calle Garay. Beatriz Viterbo, a diferencia de la Beatriz de Alighieri, es guía espiritual de Carlos a pesar suyo, a pesar de su impureza, pues la relación que los une queda definida en las atroces cartas a su primo, vistas por Borges sólo gracias al Aleph. Carlos Argentino Daneri es un Dante ocioso pues no recorre ningún camino que reivindique su espiritualidad, o su humanidad; sólo se encuentra con un Aleph al que ni siquiera se puede relacionar causalmente con Beatriz. Y Borges, enfadado testigo del don que recibe Daneri, simula no ver el Aleph por venganza. Pequeña revancha por la antipatía que siente hacia Daneri, el pedantesco y farragoso poeta que obtuviera los carnales favores de la prima Beatriz.

Para terminar de trastocar el universo que conocemos, en el que se asume que los premios literarios se otorgan a los buenos escritores, la posdata da dolida noticia del premio literario otorgado al indecible poema de Daneri. Como Beatriz Viterbo a Beatriz o Daneri a Dante, la oficialidad literaria en el cuento es el reflejo invertido de la real. Así, lo bueno es malo y lo malo, bueno. Finalmente, el Aleph, el inefable punto que es todos los puntos, resulta falso y, sin embargo, poderoso pues, a pesar de todo, Borges sí pudo ver el universo en él.

La segunda lectura también fue casi automática. La lectura de la posdata, que pone en crisis la existencia del Aleph, me obligó a releer el cuento inmediatamente. Entonces presté atención a la composición del párrafo que describe la visión del universo en el Aleph. Noté lo obvio, la enumeración y la sensación de estar viendo todo el universo que aquélla produce en el lector. Pero hay unas líneas del narrador Borges destinadas a reflexionar sobre el problema técnico de describir con el lenguaje, que es sucesivo y limitado, el infinito universo, que es visto simultáneamente desde todos los puntos de vista. Efectivamente, la enumeración, pese a seleccionar facetas de la realidad, simula la presencia de una totalidad cubista e inteligible.

La atención prestada por el narrador a la enumeración fue la clave de aquella relectura : la enumeración no aparece sólo durante la descripción del Aleph, ocurre en varios otros lugares, y cada ocurrencia –pensé- obedece a una estrategia orientada a afectar al lector. Estos lugares, de acuerdo a los temas de las respectivas enumeraciones, describen a Beatriz Viterbo, El Polyolbion, La tierra, y el Aleph.

Cito la primera, la escena en la que Borges contempla los retratos de Beatriz durante su visita a la casa de la calle Garay, a un mes de la muerte de ella :

"Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del club hípico; Beatriz en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pequinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón..." (Borges 1970, 60)

El eje del párrafo es la palabra "Beatriz". La vindicación del hombre moderno, hecha por Daneri, en cambio, es una enumeración de frases preposicionales :

"Lo evoco –dijo con una animación algo inexplicable- en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines..." (Borges 1970,62)

Después de la lamentable vindicación, Borges le sugiere a su amigo que escriba esas ideas. Una sugerencia que no intentaba sino salir del paso, pero que dio pie a Daneri para hablar de su Canto Augural, Canto Prologal o Canto Prólogo. Sobre dicho poema, Daneri dijo que :

"El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe". (Borges 1970, 62)

A renglón seguido, Carlos Argentino Daneri lee algunos de sus versos, de evidente mal gusto. Cito:

"He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre."

(Borges 1970, 63)

Daneri considera virtuosa la acumulación de alusiones eruditas (Homero, Hesíodo y Goldoni) que abarcan treinta siglos de literatura en el espacio de cuatro versos. El lector, espantado, asiste a las explicaciones de Daneri sobre las bondades de sus versos; le escucha mencionar la técnica de la enumeración e inmediatamente la asocia con Daneri, la mala poesía y con la descripción realista -el realismo en sentido amplio.

Borges, luego de estas digresiones, compara la empresa de Daneri con la de Michael Drayton, autor de El Polyolbion. Al hacerlo, otra vez asistimos al espectáculo de la enumeración, esta vez de frases nominales :

"... esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra" (Borges 1970,64)

Inmediatamente después hace una reseña del proyecto poético de Daneri, pero en lugar de decir simplemente que Carlos se había propuesto versificar la tierra, enumera una serie de frases nominales que refieren a algunos lugares ya incluidos en el poema de su amigo. Cito :

"Este se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton." (Borges 1970, 65)

Pocos días después, Borges recibe una inusual invitación de Daneri. Reunidos en un café, Daneri lee sus versos corregidos según un "depravado sentido de ostentación verbal". Borges explica el tenor de esas correcciones.... mediante enumeraciones de adjetivos :

"...donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal...." (Borges 1970, 67)

El tono irónico del narrador y la cacofónica enumeración de espantosas palabras arrancan la carcajada incluso, creo, al lector más malhumorado. La asociación es clara : Daneri, enumeración, cacofonía, mala poesía, realismo.

Unos meses depués, Daneri, angustiado, llama de nuevo a Borges y le cuenta que van a demoler su casa. Así nos lo dice Borges :

"Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto...." (Borges 1970,69)

Zun, zun, zun.... La cacofonía y la repetición es indeleblemente asociada con el lenguaje de Daneri. El hombre moderno, vindicado por Carlos Argentino, es el enemigo del poeta, pero no por una incompatibilidad de intereses, sino porque Zunino y Zungri quieren ampliar su encopetado y moderno café y, al demoler la casa de Daneri, echarán abajo el Aleph. Borges, curioso, va inmediatamente a la casa del desdichado, pero piensa que Carlos Argentino estaba loco.... ¡Un lugar que contiene todos los lugares!... Inmediatamente piensa que Beatriz también estaba loca. Claro, para hacerlo, usa otra enumeración, esta vez sin cacofonía alguna pues representa al lenguaje del personaje Borges, no al de Daneri :

"...me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña, de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica." (Borges 1970, 71)

La destrucción del recuerdo de Beatriz contrasta con la intención inicial de las visitas anuales a la casa de Daneri. Hay dolor, por la pérdida, pero también rencor, por el rechazo. El dolor lo expresará Borges unas líneas después, las únicas en las que el personaje Borges desciende al sentimentalismo. El narrador Borges cuenta su espera en el recibidor de la casa de Daneri y dice :

"No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges."
(Borges 1970, 71)

El reclamo de Borges a la amada muerta es su única expresión claramente angustiada y patética y por eso destaca en el cuento. La forma del discurso directo le confiere el carácter de cita textual, ajena a las elaboraciones literarias del personaje escritor y, por tanto, incontaminada por la literatura. Pero no olvidemos que el cuento es literatura.

Basta comparar las enumeraciones de Daneri con las de Borges para darse cuenta de que la misma técnica produce resultados cualitativamente diferentes, y que en realidad hay tres "proyectos poéticos" : el de Daneri, lleno de farragosas y desbocadas enumeraciones; el del personaje Borges, conocido a través de sus juicios sobre la obra de Daneri y el título de su poemario, Los naipes del tahúr; y finalmente el del autor, visible a través de esta escalera de enumeraciones que hemos ido citando.

Esta escala prepara al lector para el anunciado centro del relato borgesiano. Poco a poco, gracias a enumeraciones cada vez más extensas, el lector acostumbra el oído del mismo modo que durante la lidia el toro es ahormado por el diestro. Este lo acostumbra a pararse y embestir del modo reclinado que necesita para el estoque final. El lector, ahormado por los temas del Polyolbion y de La tierra y por la gradación de las enumeraciones, llega listo a la enumeración final, la del Aleph.

Darme cuenta del artificio fue tan emocionante como el sueño mismo; tal vez, en cierto sentido, más. Pensé entonces que las ideas filosóficas que Borges trata como materia literaria no eran sino eso, materia literaria, fuegos artificiales que distraían la atención del verdadero protagonista de sus relatos; que ese protagonista tampoco era Borges, ni siquiera el personaje del mismo nombre ni ningún otro personaje de esa narrativa casi sin acciones.

La crítica clasifica la narrativa de Borges bajo el nombre de "fantástica", lo cual supone que el cuento es un enigma y que la solución de ese enigma permite explicar un fenómeno extraño que se ha filtrado en la realidad cotidiana. El enigma es pues epistemológico, se trata de elaborar una suerte de ley o postulado que permita explicar una realidad inusual. El cuento fantástico se parece pues al policial : en ambos se trata de descubrir un misterio, aunque en el policial el misterio es la identidad del asesino; en ambos el lector debe participar esforzadamente de la ficción de un modo más intenso que el requerido por el cuento realista tradicional; en ambos, lo importante no es la solución misma, sino el proceso que vive el lector para llegar a ella.

8 de junio de 1999

Posdata del 9 de junio de 1999

Los lectores ingleses de Agatha Christie suelen agruparse en clubes, discutir las soluciones a los misterios policiales e incluso convocar concursos cuya concurrencia está siempre asegurada por ese humanísimo gusto por el rompecabezas. Resulta sorprendente que no ocurra lo mismo con Borges. Borges convoca admiraciones filosóficas, cazadores de citas clandestinas, hedonistas verbales.

Imagino una secreta cofradía de solucionadores de enigmas borgianos. La labor es difícil, y por ello atractiva, porque el enigma fantástico no se resuelve estudiando los móviles del crimen, ni las informaciones que el autor esconde a lo largo del texto y que, por una convención del género, tienen que estar alli. Hay que emprender además el largo camino de la comprensión de la estrategia textual. Porque, para Borges, el placer no es la triunfal enunciación del postulado fantástico, sino la eternamente inconclusa partida que llamamos interpretación.

En 1998, la lectura de Pierre Menard, autor del Quijote llamó mi atención sobre uno de los libros escritos por Menard, su transposición en alejandrinos de El Cementerio Marino de Paul Valery. Por la misma época creí reconocer el gato de Baudelaire en el fragmento de El sur que cuenta la entrada de Dahlmann en la estación del tren :

"Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café... y pensó mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante" (Borges 1986, 166)

Pensé entonces que Borges era un poeta que conocía el oficio. Decidí pues leer una vez más El Aleph, esta vez viéndolo como si fuese un poema de Verlaine o de Baudelaire. Las enumeraciones se tornaron paralelismos; aparecieron extraordinarias analogías entre la distribución de las enumeraciones, el tema amoroso y el filosófico Aleph. Descubrí que las enumeraciones referidas a Beatriz Viterbo y al Aleph predicaban de sus referentes y que giraban en torno a una palabra, el nombre propio "Beatriz y el verbo "ver"; y que las de Daneri eran primitivas pues no predicaban absolutamente nada de los objetos de una realidad chata. El Aleph y Beatriz iluminan porque producen conocimiento; el mundo de Daneri, nada. El cuento se transfiguró en un mecanismo relojero que involucra a la cuestionadora posdata, las escalonadas ocurrencias de las enumeraciones de Borges y Daneri, y claro, se transformó en una nueva invitación a la lectura, esta vez atenta a la coordinación de estructuras narrativas, temas, registros lingüísticos, estructuras sintácticas y morfológicas.

Paul Valery enseña que la lectura de la poesía es la ejecución de una partitura, que así como el director de orquesta debe comprender la armonía entre los metales, los instrumentos de viento, la percusión y las cuerdas; el lector, transfigurado en poeta durante la lectura, debe comprender la unidad esencial entre los instrumentos fonéticos, morfológicos, sintácticos, narrativos, temáticos, rítmicos y métricos. La próxima vez que interprete El Aleph, eso he de buscar.

Pierre Menard enriqueció el arte detenido y rudimentario de la lectura mediante la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Me doy cuenta de que, aún si no hubiese parecido alguno entre las obras de Borges, Agatha Christie, Baudelaire y Valery, leer la obra del primero tal como leemos la obra de cualquiera de los otros, puebla de aventura un universo en el que usualmente los personajes, como el Borges de El Aleph, son sedentarios amigos de la ciencia y de la voluptuosidad.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. El aleph y otras narraciones. Biblioteca clásica universal. Emecé Editores, Salvat Editores y Alianza Editorial. 1970.

Borges, Jorge Luis. Ficciones. Buenos Aires, Oveja Negra, 1986.


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