Recordando con ira

Fernando de Trazegnies

A mis médicos

César Delgado Sayán y

Eduardo Barboza Besada 

Siempre consideré los hospitales como recintos escalofriantes, habitados por el dolor y el miedo; espacios sagrados, verdaderos temenos, que concentran entre sus paredes la energía de la angustia. Y había tenido hasta ahora la suerte de no haber estado nunca en uno de ellos como paciente.

Sin embargo, ésta vez me diagnosticaron una enorme piedra en la vesícula y no tenía más remedio que operarme. Recorrí con ojos nerviosos ese blanco y adusto dormitorio, con una imponente cama articulada, tratando de hacerme la idea de que ese sería mi hogar durante una semana. Después de acomodar la ropa y otros útiles personales, me senté a esperar el momento fatídico en que las enfermeras, con sus cofias y mandiles, vendrían a afeitarme, de la misma manera y con una finalidad análoga al corte del pelo de la nuca de los que van a ser ejecutados con la guillotina. Finalmente, me colocarían una inyección que me haría entrar por ese agujero negro que desemboca en la nada.

Incómodo con estos pensamientos, cogí uno de los libros que había traído como entretenimiento para mis días de hospitalización. Era una selección de cuentos. La lectura siempre ha tenido en mí el efecto de una droga que captura toda mi atención, me remonta y me pierde dentro de la sutil y rica maraña del espíritu, haciéndome olvidar los fracasos de la carne. Abrí el libro casi al azar y comencé a leer el relato de Rudyard Kipling sobre las extravagancias de su amigo Charlie Mears.

Mears era un joven cajero, cuya monótona y gris actividad no le impedía tener grandes ideales: quería ser escritor. Depositó en Kipling su inestable confianza de animalillo huidizo y tímido y, a partir de entonces, desnudada su alma literaria de los ropajes propios de un empleado de banco, lo buscaba diariamente para leerle rumas de malos versos que provocaban un intenso aburrimiento animado sólo por los chispazos de irritación causados por las incesantes rimas ripiosas y vulgares.

Sin embargo, una tarde Mears se presentó extraordinariamente agitado en casa de Kipling. "¡Tengo una idea genial!", le dijo; y Kipling tembló ante la perspectiva de largas horas tediosas que abría ese entusiasmo desorbitado. "Casi sin darme cuenta, se me ha ocurrido una estupenda trama para un cuento. Imagínese usted, es sobre un barco en la época de la antigua Grecia, donde hay remeros encadenados a las bancas. ¿Cómo se les llama a esos marinos? Ah, sí: galeotes. Y tengo todos los detalles en la cabeza, todo. Pero no logro escribirlo en forma literaria. Cada vez que lo intento, me sale un texto farragoso y chato". Kipling se abstuvo de hacerle el comentario que tenía en mente y se limitó a mirarle en los ojos. Algo desconcertado, insistió Mears: "Mire, le voy a contar algunas posibles escenas del argumento para que vea usted que puede salir algo muy bueno. Lo escribiría en primera persona, porque de esta manera se me ocurren más fácilmente las ideas, me es más fácil colocarme en la situación misma".

Cada uno de nosotros estaba encadenado a su banco desde un cinturón de metal en la cintura y también a su remo desde un anillo en la muñeca. No hay nunca descanso como galeote. En la noche, aquellos a quienes no les toca el turno duermen sentados en sus bancos, con la cabeza apoyada sobre el remo. Felizmente estoy en el nivel superior, porque los que están en el nivel inferior, donde no hay luz, enloquecen rápidamente y son arrojados al mar. Aquí donde estoy, el sol se filtra por las escotillas y por el agujero donde pasa el remo. Como el barco levanta la proa y luego la hunde en el mar, se inclina de un lado y luego del otro, los rayos solares que penetran por cada hendidura van variando constantemente su ángulo y saltan de madero en madero. Es hermoso ver el baile de la luz sobre las espaldas curvadas de los remeros. Quizá es el único placer verdadero que tenemos los galeotes.

El capitán era un rudo pirata de barba blanca y tez hecha cuero por el sol. Y los capataces se turnan para martirizar a los remeros. Se pasean entre las dos hileras de galeotes y nos dan con el látigo hasta dejar nuestras espaldas en carne viva, indefensas frente a la crueldad de la sal y del sol. Hay una cuerda tendida desde la proa hasta la popa de donde se agarra el capataz en su recorrido, para contrarrestar los movimientos del barco. A veces no logra cogerla y cae sobre nosotros. Inmediatamente todos intentan vengar las sistemáticas heridas infligidas golpeándolo con lo que pueden. Ha sucedido que un capataz quede muerto entre los pies de los galeotes, en cuyo caso simplemente lo echan al mar. La represión posterior siempre es brutal, pero no nos importa: el placer de golpear al capataz supera todo dolor.

La verdad es que no me sorprendió favorablemente el argumento propuesto por Mears a Kipling. Hay cientos de libros sobre el tema, por lo que cuando menos no podría pasar como original. Por otra parte, el relato de Mears tampoco presentaba una trama ni apasionante ni sutil ni ingeniosa: a pesar de su dureza, era, como la vida misma, un poco monótona, como las olas que van y vienen sin mayor interés. ¿Qué le habría encontrado Rudyard Kipling al relato de Mears que lo entusiasmó tanto? Lo que me quedaba claro es que el argumento no era bueno por sí mismo sino, en todo caso, por lo que un escritor como Kipling podría hacer con él; pero eso no justificaba la codicia literaria que de pronto se había despertado en Kipling.

Me quedé desconcertado al proseguir la lectura y encontrar que Kipling se había decidido incluso a cometer una bajeza con tal de obtener los derechos sobre el argumento: no vaciló en estafar a Charlie Mears para quedarse con el tema y hacerlo suyo. Primero le ofreció cinco libras, luego lo tentó con lo que esa cantidad podía significar en libros y finalmente, según parece, aceptó darle una participación del 25% en las ventas. Pero el argumento, tanto lo ya contado como lo que Mears contaría después, pasaba a ser de propiedad de Kipling, quien escribiría el cuento o la novela bajo su propio nombre.

A partir de ese acuerdo, Mears vino todas las tardes de esa semana a casa de Kipling para proseguir con el relato, del cual éste tomaba prolijas notas.

Unos párrafos más adelante Kipling nos explica la razón de su avidez: no solamente pensaba que el argumento era muy bueno literariamente sino que, además, había llegado a la conclusión de que el relato tenía un valor sobrenatural. Mears no podía conocer todos los detalles que proporcionaba sobre la ubicación precisa de la inserción de las cadenas en los remos, la forma como la luz jugueteaba sobre las espaldas curtidas de los galeotes, la perspectiva visual del remero para quien el mundo de la cubierta principal estaba formado sólo por pies que se movían en todas las direcciones y por voces de mando. Estas cosas no podía haberlas leído (y Mears le había confesado que no había leído nada). En realidad, este tipo de conocimiento sólo es posible con una experiencia vivida. Por consiguiente, concluye Kipling, Mears estaba en realidad recordando sin saberlo una vida pasada.

Al llegar a este punto, perdí todo interés en el cuento. No me dice nada la reencarnación y menos todavía como recurso literario. Además, tuve que abandonar la lectura porque llegaron dos enfermeras con una baza de agua tibia. Me pidieron que me echara sobre la cama y enseguida me afeitaron cuidadosamente el vientre. ¡Qué difícil es seguir siendo uno mismo bajo la mirada de una enfermera a la que sólo le preocupa que no queden vellos sobre la piel! Las capas de cultura y de refinamiento desaparecen y sólo queda un montón de carne en estado natural, aséptico, igualitario, inaccesible a las sutilezas del espíritu.

Terminada su misión, las enfermeras salieron tan decidida y prontamente como entraron. Sin embargo, tenía que esperar todavía hasta que llegara la hora en que me harían dormir para la operación. Para disimular ante mí mismo la angustia de esa espera frente a la noche y al vacío, volví a coger el libro que se encontraba a mi lado y, desganadamente, retomé la lectura.

Mears proseguía con sus desvaríos marinos que relataba con gran entusiasmo y convicción.

El Capitán tenía el pelo y la barba rojos y un vozarrón que podía escucharse en el otro lado del gran océano. Navegamos durante semanas y meses. Cuando soplaba el viento, teníamos algún descanso. El contramaestre, otro colorado, daba la orden: "¡Remos en alto!". Y los cuatro que estábamos encadenados a este remo nuestro suspirábamos como si nos anunciaran nuestra muerte, que era la única forma de que nuestro sufrimiento terminara definitivamente; nos mirábamos con la complicidad de aquellos que van a disfrutar juntos de algún sutil placer prohibido y levantábamos el remo al unísono. La misma mirada, el mismo suspiro, la misma complicidad aparecía en cada uno de los bancos y el alivio cosquilleaba juguetonamente a los duros galeotes saltando de rostro en rostro, de espalda en espalda. Y así, cuando comenzaba a acabarse la comida, llegamos a Thule...

"¿Cómo que Thule, Charlie? Ya lo estás mezclando todo. Me has dicho que hacías piratería en un barco griego en el Mediterráneo y ahora me cuentas que estás entre colorados que te quieren llevar a Thule". "Sí, señor, le puedo jurar que esa era Thule".

Estaba muy lejos hacia el Poniente, casi llegando al Sol. Unas gaviotas extrañas saludaron nuestra llegada a estas nuevas tierras dando vueltas alrededor de nuestro mástil. Bajamos a tierra en los botes. La arena de la playa era dorada y caliente. Un poco más allá comenzaba el bosque, del cual salían canciones de pájaros desconocidos. Nos acercamos y comimos unas frutas que eran un manjar de los dioses. De pronto atravesaron en rápida carrera dos gallinas gigantescas con enormes colgajos de carne debajo del pico. Gritaban de una manera afiebrada y se perdieron inmediatamente de vista entre la maleza. Cuando llegaron los Skroelings...

-¿Qué eran los Skroelings, Charlie?.

-¿Y yo que voy a saber? ¿de dónde ha sacado usted esa palabrota?

 -Yo no la he sacado, Charlie, tú acabas de decirla.

-¿Usted se está burlando de mí? Yo nunca la había oído. Pero si quiere reírse, yo me voy y no le sigo contando nada. ¡Al diablo con el trato!

Al parecer, el relato le salía a Charlie casi inconscientemente, como si se tratara de una compulsión irresistible pero, al mismo tiempo, ininteligible. Y ahora Mears se describía a sí mismo en un barco distinto y todo hacía pensar que en una época distinta. ¿Estaríamos ante una descripción del primer descubrimiento de América por los vikingos? ¿Quizá Charlie había sido uno de los remeros de Erick el Rojo? Para Kipling no cabía duda de que se trataba de otra vida del mismo personaje. Y se sentía muy contento de estar presenciando por esta ventana inesperadamente abierta en la historia, la vida completa de Charlie Mears, más allá de los sucesivos nacimientos y muertes que no eran sino espejismos irreales, apenas transiciones de unas vidas a otras.

Es entonces que dejé de sentir y de oír, no sé cuando cayó el libro de mis manos ni puedo precisar el momento exacto en que dejé de existir (o dejé de tomar consciencia de que existía, que es lo mismo. Y esta muerte provocada y terapéutica fue, sin duda, más real que las que había tenido Charlie Mears en su vidas pasadas.

Cuando regresé a la vida, ciertamente no me sentía con ánimo de leer: los problemas del cuerpo en este caso eran tan burdos y complejos que no podían ser relevados por los finos placeres del espíritu. Pasé el resto del día aletargado y en la noche me dieron un somnífero para facilitarme el descanso. Pero desperté a las tres de la mañana. Los rigores del cuerpo habían amenguado y el espíritu comenzaba nuevamente a sentir lo que es el aburrimiento. Prendí la luz del velador y cogí el libro con el ánimo de leer hasta que me volviese a quedar dormido. La lectura era trabajosa y al comienzo no podía prestar toda la atención a la historia. Sin embargo, el texto me envolvió y no me permitió abandonarlo hasta la madrugada. Aparentemente Mears estaba ya contando su tercera vida.

El Sultán de Egipto estaba enfurecido porque su escuadra acababa de ser derrotada por el rey cristiano de Chipre. Había cruzado el mar Mediterráneo con la seguridad de que podría tomar Nicosia, pero la defensa de los cristianos fue más eficaz que el ataque de los musulmanes. Después de contar las numerosas bajas, el Sultán ordenó regresar a las naves y hacernos a la mar.

Navegábamos de regreso al Cairo por las aguas profundamente azules del Golfo de Andalya, tachonadas de motas de blanca espuma que se agrupaban en manadas como carneros en las praderas griegas. De pronto el Sultán divisó a lo lejos una embarcación de comerciantes europeos que se dirigía al Oeste, presumiblemente cargada de sedas y perfumes del Oriente. Inmediatamente decidió desquitarse con ellos por la afrenta que había recibido con la derrota de Nicosia. Buen marino y hábil estratega, ordenó enfilar la nave directamente contra el viento para sorprender a la embarcación cristiana, cortándole el paso. Esto nos obligó a los galeotes a remar con más fuerza, luchando con las olas que rompían en la proa y luego bañaban despiadadamente la cubierta empapando a los que remábamos en el entrepuente. Arriba se oía la poderosa voz del Sultán, con la vista fija en su presa, dando las instrucciones de rumbo. Los capataces, a su vez, nos gritaban para darnos ánimo y hacían restallar su látigo sobre nuestras espaldas dejándonos marcas sanguinolentas. El mar entraba por los agujeros de los remos y los galeotes estábamos permanentemente con el agua hasta las rodillas.

La galera ha ido acortando la distancia con el furtivo bajel que pretende (inútilmente) escapar de las garras de esta águila del mar. Desde acá abajo, lo único que cuenta es el sudor y la campana que martillea sistemáticamente el oído para imponer un ritmo cada vez más vivo a los galeotes. Pero allá arriba están los héroes. Puedo imaginarme -no lo veo desde mi nivel- al Sultán en el puente, mesándose suavemente la barba con sus dedos y saboreando desde ya la fiesta de sangre, muerte y botín que le espera. Seguramente no ha dejado un solo instante de tener la mirada puesta en las velas que quiere capturar. Ahí arriba están también los que entran en batalla, esos hombres que no están clavados en un duro banco de madera, esos hombres que -¡oh, maravilla!- pueden mover libremente las manos porque no están encadenados a remo alguno.

No sé por qué me sentí un poco incómodo con esta narración. La cama de hospital se me hizo más dura, me dolía la espalda y no encontraba posición adecuada. Era consciente de que, en el fondo, estos malestares físicos eran producto de un estado de ánimo extraño, inquieto, que atribuí inicialmente a los rezagos de la anestesia.

Cuando las dos embarcaciones estaban tan cerca que podían oírse las voces de uno y otro lado, el Sultán comprobó que se trataba de una embarcación de comerciantes pero que aparentemente llevaba además a un grupo de peregrinos que regresaban a Occidente después de haber hecho sus ofrendas ante el Santo Sepulcro en Jerusalén.

El patrón de la nave cristiana reunió a los tripulantes y a los peregrinos en cubierta y les dijo a gritos tratando de acallar el fragor del mar: «¡Señores peregrinos, que viajáis en esta nave! Ved ante vosotros a los enemigos de Dios. Mirad bien lo que haréis: defenderos o no defenderos en absoluto y permanecer en esclavitud durante el resto de vuestras vidas». Entonces uno de estos peregrinos, que era indudablemente un caballero feudal acostumbrado a la guerra, le respondió que todos preferían morir defendiéndose antes que caer en manos de los sarracenos y quedar como esclavos. Corrieron por todas partes de la nave buscando sus armas para defender sus cuerpos y sus vidas. Cuando todos estuvieron listos, el peregrino que había hablado, como esforzado y audaz caballero, espada en mano y con el escudo al cuello, se colocó en la borda de la nave y arengó a su gente. Por su parte, el Sultán ordenó que las velas fueran abatidas y que su nave se acercara a la nave cristiana para el abordaje.

Todo esto me sonaba muy familiar. Casi recordaba las palabras del patrón de la nave, las carreras de los peregrinos, los gestos mediante los cuales se preparaban para el combate. Ese caballero que había asumido el mando era un personaje que indudablemente yo había leído en alguna parte. Pero, ¿dónde?

Cuando ambas naves estuvieron tan próximas que el abordaje era inminente, el Sultán hizo preguntar a uno de sus hombres quiénes eran los de la otra embarcación. El caballero desde la borda respondió que todos eran cristianos y naturales del país de Hainaut. Con esta respuesta, el Sultán ordenó a su gente que atacara por todos los costados.

Entonces los sarracenos se prendieron por todas partes de la nave cristiana y comenzaron el ataque, mientras que los cristianos se defendían como podían. Ambas partes se arrojaban lanzas con tal profusión que producía horror verlo; y desde las cofas echaban dardos y gruesas barras de fierro. El asalto fue muy grande y feroz. A pesar de la superioridad numérica de los nuestros, el Sultán dio orden de que se liberara a los galeotes para que participáramos también en la batalla. Al subir a cubierta, vi que uno de los Emires sarracenos que venía con nosotros se aproximó al caballero cristiano con la seguridad que da el hecho de ser persona que conoce bien el manejo de las armas. El caballero cristiano advirtió la presencia del sarraceno y cogió su buena espada a dos manos y con ella le dio tal golpe al Emir que le cortó la cabeza a la altura de los hombros y la hizo volar más de una toesa, mientras que el cuerpo se derrumbó a los pies del Sultán, quien se apenó mucho de ver muerto a su amigo y aliado.

¡Oh, qué sensación tan extraordinaria cuando la rabia y la bravura -¿quién podría distinguirlas?- comienzan a subir desde los pies y llenan el cuerpo entero como un recipiente que se colma! Entonces el cuerpo se vuelve de acero y los músculos tienen una fuerza descomunal que se desborda en cada golpe. La espada corta en una fracción de segundo pero con toda suavidad el cuerpo del enemigo, separando limpiamente la cabeza del tronco. Y uno siente un placer tranquilo, el placer de lo perfecto, de haber acabado con un enemigo sin un movimiento innecesario, en la forma más simple y completa.

Pero, ¿qué digo? ¿por qué vibro en mi cama de enfermo? No cabe duda de que todavía tengo algo del delirio de la anestesia. De pronto, siento culpa por haberme involucrado demasiado en una tonta historia medieval. Y me doy asco a mí mismo por haber podido definir como un placer el acto de matar.

El Sultán, deseoso de vengar a su Emir, se acercó al caballero cristiano tratando de golpear primero, pero falló. Porque el caballero, como un tigre desencadenado, le dio un tajo con todas sus fuerzas, que si éste no lo esquiva, lo hubiera abierto desde el cráneo hasta el estómago; sin embargo, el golpe había sido tan fuerte que el Sultán cayó sobre la cubierta de su nave, piernas arriba y completamente aturdido. Nosotros creímos que el Sultán había muerto. Lo levantamos tan pronto como pudimos y vimos que estaba solamente golpeado. Pero cuando el Sultán se vio así derribado, tuvo más vergüenza que la que nunca había sentido hasta entonces. Ferozmente se volteó hacia nosotros y nos increpó: «¡Oh, falsos y desleales sarracenos de Mahoma! Sed malditos porque ha bastado un loco cristiano para doblegaros y haceros retroceder. Ya veis que no son sino un puñado de gente en una sola nave, mientras que nosotros tenemos tres grandes y fuertes naves; y aun así no habéis podido abordarla valientemente».

Entonces recomenzó el asalto a la nave cristiana y los sarracenos la atacaban por todas partes. El héroe cristiano, desde la borda, nos castigaba duramente a los sarracenos. Comenzó a gritar para alentar a su gente, la que, muy valientemente, lo ayudaba como mejor podía. En un momento, lográbamos pasar a la nave cristiana; en el momento siguiente, éramos repelidos. La matanza fue enorme, al punto que alrededor de las naves el mar era rojo por la sangre de los muertos.

Sí, el mar estaba rojo de sangre y de muerte, como en esos atardeceres trágicos en los que el sol es degollado por la luna y desde el celaje se derrama la vida luchando todavía para no hundirse en la noche. Desde lo alto de los mástiles, en las cofas, los arqueros seguían desatando una lluvia de flechas que caía indiscriminadamente sobre atacantes y defensores provocando muertes anónimas. Se peleaba en todas las cubiertas. El entrechocar de las espadas se mezclaba con los ayes de dolor y con el sonido seco del cuerpo que cae al agua. El mar en torno de las embarcaciones estaba poblado de cabezas sin el tronco pero tocadas con turbantes amarillos o rojos, brazos amputados que todavía conservaban el alfanje en la apretada mano antes de hundirse definitivamente en el océano, cadáveres con el pecho abierto en canal de un solo tajo. Y entre estas ruinas humanas, pataleaban los heridos que no querían ahogarse y que pedían socorro de quienes en ese momento sólo podían socorrerse a sí mismos.

¡Dios mío!, ¿qué tengo? Estoy desvariando, porque he dejado de leer y mi mente completa el cuento. Me parece que conozco lo que sigue, casi me puedo adelantar -con estremecimiento- a lo que va a suceder. El relato de Charlie Mears se ha convertido para mí en un deja vu obsesivo e irrefrenable. Trato de concentrarme en otras cosas. Desde el ombligo del mundo que es para mí en este momento mi cama articulada, recorro de nuevo el cuarto de hospital con los ojos del supervisor que tiene que hacer el inventario: encuentro que a las paredes blancas les haría falta una nueva capa de pintura, compruebo que sobre mi mesa de noche está la jarra del emoliente, el velador está un poco despostillado. Como es natural, a esas horas de la madrugada el solitario sillón está desocupado y mi esposa duerme en la cama del acompañante.

Pero el libro que tengo entre manos me reclama y no puedo dejar de seguir leyendo.

Era imposible que los cristianos ganaran a pesar de su valentía; los superábamos largamente en número. Finalmente logramos tomar la nave de los peregrinos; y todos los que se encontraban en ella fueron cortados en pedazos. Sin embargo, el héroe cristiano, con la espalda apoyada en el mástil, seguía peleando encarnizadamente y matando a nuestra gente. El Sultán quería vengarse del ridículo que ese cristiano le había hecho pasar al derribarlo piernas arriba y ordenó que no lo mataran sino que lo capturaran vivo, pues lo llevaría al Cairo para darle ahí un castigo ejemplar. Esto costó todavía muchas vidas porque el cristiano, aunque estaba agotado, sacaba fuerzas de la vergüenza que le producía la posibilidad de ser capturado vivo y seguía cortando brazos, hendiendo cráneos y abriendo estómagos.

En cierto momento, estuve muy cerca del héroe, por su espalda. El Sultán, habiendo advertido esta ventaja estratégica mía, me gritó que lo cogiera por detrás y lo sujetara contra el mástil. Pero, aun cuando el Sultán había hablado en árabe, el cristiano se dio cuenta de la maniobra y, girando a una velocidad vertiginosa, me asestó un tajo con el mandoble por debajo de las axilas y me separó la parte superior del tronco de la inferior. Mi cabeza y mis hombros cayeron por encima de la borda y recuerdo todavía cuando golpearon la superficie del mar. Las aguas se abrieron con el impacto formando un bolsón de aire que luego se cerró sobre mí con fuerza. Ví la superficie del mar como un techo sobre este espacio que había abierto mi caída. Pero la burbuja, anudada con un lazo de espuma, colapsó de inmediato. Y entonces todo fue agua, agua, agua y noche.

Kipling, en forma un poco decepcionante, nos dice que finalmente nunca escribió el cuento porque le faltaban aún muchos detalles cuando Mears suspendió sus visitas y se negó a seguir colaborando. Al parecer, se había enamorado de una modistilla sin ninguna gracia pero que le hizo perder el sentido. Y, por algo tan banal, abandonó el relato de sus vidas anteriores y se dedicó a pasear en bicicleta con la novia.

* * *

Mi recuperación fue muy buena y pronto estuve nuevamente trabajando. Unos días más tarde, regresando del banco, me encontré en el Jirón de la Unión con alguien que me saludó muy afectuosamente y me preguntó con interés por mi salud. No lo reconocí en el primer momento, aunque recordaba su cara de algún sitio. Pero él se encargó de aclarar la situación:

-No me reconoces, ¿no es así?. A ver si esto te dice algo: una vez tuvimos que estar de pie frente a una pizarra durante tres horas por conversar...

-¡Hombre!, claro que sí. Ahora recuerdo. Tú eres Ibrahim Yusuf, compañero de Colegio. Te decíamos 'el Turco'.

Ahora veía la cara del niño que fue, detrás de esa máscara de arrugas, con una marcada calvicie y unas ojeras que daban la impresión de que miraba desde lo más remoto de una profunda caverna.

-Me da mucho gusto encontrarme contigo, Fernando. Después de tantos años... Espero que no tengas ningún compromiso porque esto hay que festejarlo: ¡te invito a almorzar!

Hice todo lo posible por escaparme porque nunca -ni aún en el Colegio- había mantenido una buena relación con Ibrahim Yusuf; y ahora, después de largos años en que habíamos recorrido nuestras vidas por caminos totalmente diferentes, no tenía ganas de iniciar una amistad con él. Pero insistió tanto que no tuve más remedio que aceptar. No quería que pensara que lo había tratado mal y menos que me atribuyera una vanidad o una altanería que no tengo.

Entramos al "Bohemia" del Portal de Escribanos y nos sentamos en una mesa de la terraza. Hacía un día espléndido, con el sol nuevo de los comienzos de primavera. El Turco me contó su vida en un apretado resumen. "Tu vida la conozco por los periódicos, pero déjame contarte la mía". Había hecho un poco de todo, desde taxista hasta empleado de banco. Hacía ya varios años que era el cajero de la Sucursal de Lince del Banco de la Providencia. Y cuando lo contaba, sus ojos se iluminaban, sus mejillas se enrojecían y los pulmones se le dilataban henchidos por un inmenso orgullo.

-Mira, mi vida no es tan movida como la tuya. Recuerdas que en el colegio no era muy estudioso y que nunca he tenido aficiones intelectuales. Económicamente me va bien, en el sentido de que vivo una vida modesta con mi sueldo de cajero y no aspiro a más. Claro, a veces me rebela el hecho de que todos los días a la misma hora me tengo que poner mi mismo terno gris -la variación de corbatas es una de mis pequeñas fantasías- y voy a la misma oficina donde encuentro a la misma gente y hago las mismas cosas. Pero, en fin, así es, pues. Además, me quedan mis sueños...".

Cuando escuché lo de los sueños fue como si de pronto hubiera visto el destello fugaz de una joya en medio de un muladar. ¿Cómo era eso? ¿Los cajeros de banco también sueñan? Y si es así, ¿con qué soñará un cajero? De pura curiosidad y sin saber que estaba abriendo una caja de Pandora, lo estimulé a que me contara algunos de sus sueños.

-Bueno- me dijo -son generalmente sueños que se refieren a otros tiempos y a otros lugares. Si no, no tendrían gracia, ¿no? Y -me avergüenza un poco decirlo- en todos ellos soy el protagonista. Tratan sobre el Medio Oriente, de donde vienen mis antepasados. Y están llenos de aventuras, ¿sabes?. Quizá, para que me comprendas mejor, te voy a contar uno que se me ha vuelto recurrente, quizá porque me gusta mucho soñarlo debido a que en esa historia soy un gran héroe.

Yo era uno de los soldados del Sultán de Egipto. Un día, regresando de una fracasada expedición a Chipre, tomamos por asalto un bajel cristiano que traía mercaderes de regreso a Occidente y también un grupo de caballeros peregrinos, de mucho porte. Matamos a todos, pero el héroe de ellos había logrado derribar al Sultán, por lo que éste dio órdenes de que se le atrapara vivo para humillarlo con la captura y para luego ejecutarlo en el Cairo en forma denigrante.

Unas gotas de sudor frío comenzaron a correr por mi frente y mis rodillas se pusieron a temblar. Traté de sujetarlas con las manos sin que el Turco se diera cuenta, pero era imposible. Me sentía mal y pensé que iba a desmayarme. Mientras tanto, el Turco proseguía entusiasmado con su sueño.

Esa orden nos costó muchas vidas, porque el caballero cristiano no quería dejarse coger vivo. Sus mandobles a diestra y siniestra despedazaban a nuestra gente. Uno de los galeotes, que había sido liberado para que peleara en la batalla, se acercó por detrás e intentó sujetarlo al mástil. Pero fue cortado en dos pedazos. Yo me propuse apresarlo y terminar así con esta carnicería. Siento que la ira y la vergüenza me sube desde los talones. Mi mano se me hace pesada y ya no puede manejar bien la espada. Mis piernas flaquean y se niegan a aceptar las órdenes de mantenerse en pie.

Y el Turco prosigue:

De pronto, mientras mata a uno de mis compañeros que lo atacaba por la izquierda, yo le pongo la mano encima por el lado derecho y con un golpe rápido le hago perder la espada que su fatigado brazo ya no puede sostener. En menos de lo que se tarda en contarlo, se le echan ocho sarracenos del Sultán y lo atan con sogas al mástil. ¡No sabes lo ridículo y desamparado que se veía al famoso guerrero, amarrado como un animal de cacería! Tenía tal ira y sentía tanta vergüenza que botaba espuma por la boca...

Al llegar a ese punto, la vista comenzó a nublárseme y sentí la ira que me llenaba la boca amenazando salir como una espuma amarga y venenosa.

-¡Te das cuenta de lo gratificante del sueño! El famoso guerrero está preso. Y fui yo, yo quien lo capturé, yo el cajero de la Sucursal de Lince del Banco de la Providencia, desarmé al guerrero medieval...

Mi mano había ido apretando el cuchillo que se encontraba sobre la mesa hasta cortarme los dedos. Pero al escuchar estas últimas palabras, estiré el brazo rápidamente y, antes de que el cajero de Lince tuviera tiempo de volver a enorgullecerse de su captura, le abrí el cuello de un tajo.