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Nº129, Lima, 1994
La interculturalidad como proyecto moderno
Juan Ansión
Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde que José María Arguedas escribiera sobre el "complejo cultural en el Perú" y nos hablara de un país de "todas las sangres", en el que se estaban juntando "el zorro de arriba y el zorro de abajo". Desde entonces, el sufrimiento y la violencia han sido el pan de cada día de muchos peruanos, pero también, en medio del dolor, de las angustias de la vida diaria, de decepciones y frustraciones, ha seguido prevaleciendo la voluntad de vivir y de construir el futuro -poco a poco como dice la sabiduría popular- y un país nuevo se ha ido abriendo paso, que nos da ánimos y es germen de esperanza.
Un punto de inflexión
El atentado de la calle Tarata en Miraflores marcó un punto definitivo de inflexión en este proceso. Lo nuevo, por cierto, no fue el excecrable atentado que llegó después de muchos otros en ese negro año de 1992, lo nuevo fue que después de 12 años de guerra interna se produjera una reacción inesperada para Sendero: frente a una violencia que constantemente se montaba sobre antiguos odios étnicos, una marcha conjunta de Miraflores y Villa El Salvador, seguida de un convenio entre ambos municipios, marcó un hito simbólico de primera importancia, como expresión pública de una voluntad de no aceptar la reducción del Perú moderno a una confrontación entre "pitucos" y "cholitos", iniciándose así después de siglos la posibilidad de dejar de lado la gran confrontación étnica de origen colonial.
Pocos meses antes, el asesinato de María Elena Moyano, también a manos de Sendero, había empezado a abonar el terreno para ese cambio tan significativo. Como lo dijo Gustavo Gutiérrez en aquella ocasión, su cuerpo esparcido por la dinamita asesina se convirtió en semillas de nueva vida. Aquella mujer jóven y morena había tenido el coraje de decir publicamente su palabra y -cosa muy nueva para una dirigenta del mundo popular- había ganado un respeto amplio de los medios masivos de comunicación y de los más diversos sectores sociales. En los momentos más negros, en medio del desánimo y el temor ella supo señalar con firmeza el camino de una paz con dignidad y con justicia social.
La exigencia de paz y diálogo que nació así desde el dolor y la muerte, no es ya el discurso antiguo legitimador de desigualdades sociales y discriminación cultural. El diálogo que se va gestando como signo de esperanza no es fruto de ninguna imposición. Se mantienen muchas diferencias entre las partes y no se ha eliminado la brecha económica entre los sectores sociales, lo nuevo es la conciencia nítida en todos de que el propio destino está íntimamente ligado al de los demás sectores. La Lima "blanca", autoidentifiacada con Estados Unidos o Europa, no se había interesado por una guerra que mataba a miles de campesinos andinos. Con el atentado de Tarata, se siente por primera vez brutalmente concernida y entra en una actitud de diálogo en pie de igualdad. Se empieza así a generar condiciones -por lo menos en el nivel inicial de la buena voluntad- para forjar un espacio de encuentros interculturales en el que las diferencias no sean traba sino al contrario un potencial de enorme riqueza. Empieza a asomar como principio de construcción de un Perú moderno plural, la antigua máxima de nuestros pueblos: "respetos guardan respetos".
Desde luego, el autoritarismo político reinante y el desprecio por las autonomías regionales y municipales, van en sentido contrario, pero ya está el camino abierto. Se va abriendo paso en la sociedad la idea de la necesidad de los grandes consensos. Palabras como "concertar", "negociar", "ser tolerante", están siendo reivindicadas en contra del discurso conservador -que siempre las utilizó para justificar el orden injusto existente- precisamente para luchar contra un orden discriminador que no permite la libre expresión de todos. En general, se puede decir que existe un nuevo ánimo en el país, más abierto al diálogo y al pluralismo. Hasta los canales de televisión han percibido que ya no gustan tanto las entrevistas agresivas y las polémicas demoledoras, sino los programas más respetuosos de las personas y de los diferentes puntos de vista. No es que los medios hayan dejado eventualmente de buscar influenciar y hasta manipular la opinión pública de acuerdo a determinados intereses, simplemente quiere decir que no pueden transmitir un mensaje con eficacia sin respetar el nuevo estado de ánimo que se viene consolidando en una gran parte de la población: hay que buscar acuerdos y respetar las diferencias.
Asumir la diversidad en forma moderna
En ese nuevo contexto, tenemos el gran reto de asumir plenamente nuestra diversidad. Diversidad ecológica, pero también diversidad étnica y cultural. En el discurso, nadie se opone la idea y esto ya es un logro. Hasta la palabra "intercultural" ha sido consagrada en la nueva Constitución. Pero tenemos que ir más allá para ver qué contenido damos a las palabras. Sino, nos quedaríamos en un simple discurso de buena voluntad, para caer facilmente en un nuevo discurso ideológico. Si sabemos trabajarlo bien, en cambio, el tema de la diversidad y de la interculturalidad puede ser el eje central del gran proyecto movilizador de nuestra juventud para el siglo XXI.
Advirtamos aquí sin embargo un escollo ideológico que nos amenaza permanentemente: al insistir en la diversidad, tendemos facilmente a buscar nuestra "identidad" y encerrarnos en ella, con un sectarismo más o menos marcado. Muchos están preocupados por "rescatar", "revalorar" antiguas identidades culturales. Esta actitud es parte de la lucha contra la tendencia centralista y homogeneizadora de la cultura. Se relaciona también directamente con la lucha que cada individuo libra dentro de sí contra la tendencia a reconocerse inferior, ignorante, menos capaz, en razón de su origen social, étnico, cultural o de cualquier otro índole. En pocas palabras, es parte de la lucha por levantar la autoestima. Una actitud cerrada, sin embargo, lejos de ayudar en este proceso, no hace sino responder en los términos de la lógica colonial que construía las relaciones sociales y políticas separando nítidamente los grandes grupos sociales a base de criterios étnicos y racistas 1.
Reconozcamos además que, cuando hablamos de "fortalecer identidades", no estamos realmente volviendo a una sociedad tradicional probablemente idealizada, sino manifestando una actitud propia del mundo contemporáneo. No hay en ese sentido vuelta al pasado posible, aun cuando nuestro discurso se legitime en referencia a la tradición. Ser moderno en términos culturales, es en todo caso bastante más que no volver al pasado. Son muy frecuentes las respuestas en términos tradicionales a los retos del mundo contemporáneo. Asumir en forma moderna el mundo de hoy, supone romper hábitos anclados a veces produndamente en nosotros, incorporar por ejemplo la noción de libertad individual y también asumir que las identidades no son esencias perennes, sino se reproducen y se construyen en el proceso mismo de interacción con los demás.
Las identidades culturales no son entes metafísicas, son construcciones sociales, históricas. Las culturas no son entidades corpóreas que pudieran o no mezclarse para dar lugar a un "mestizaje cultural". Los antropólogos hemos utilizado frecuentemente esta última expresión para intentar dar cuenta de la complejidad del problema, pero esta metáfora a la postre dificultó la comprensión en lugar de facilitarla 2.
Las culturas no son cosas, pertenecen al mundo interno de las personas. Una cultura es un conjunto de formas acostumbradas y compartidas de ver el mundo, de hacer las cosas, de resolver problemas, de relacionarse con los demás, con la naturaleza y con uno mismo. Es una manera de ver y conocer el mundo, si por conocer no entendemos solamente la relación con el mundo mediante nuestro intelecto, sino también a través de nuestros afectos, nuestro sentido ético y estético y, en general, todo nuestro cuerpo.
Si compartimos con otros determinados hábitos y códigos culturales, es porque los hemos ido incorporando en nuestra socialización y vamos comprobando su utilidad para movernos en nuestro mundo, en nuestras relaciones sociales diarias. No hablo de utilidad en un sentido restringido: el solo hecho de reconocer en el otro maneras a veces muy sutiles de expresarse (un gesto, una intonación de la voz...) nos sirve para ubicarnos con respecto a él, reconociendo lo que compartimos y lo que nos diferencia. Diremos que pertenecemos a una misma cultura si "nos entendemos" sin mayores dificultades, si reaccionamos de modo básicamente similar frente a los problemas, si compartimos hábitos comunes que nos parecen "naturales".
Vista de esta manera, la interculturalidad deja de ser el producto del choque entre culturas entendidas como unidades más o menos monolíticas. Aunque evidentemente las culturas se manifiestan en forma visible, su origen no está en el mundo externo sino en el mundo subjetivo de las personas. La interculturalidad podría entonces entenderse como la situación vivida por las personas que están en contacto permanente e intenso con ámbitos de influencia cultural muy distintos, situación que genera en su mundo interno un proceso complejo de acomodo, incorporación, integración, etc., de las formas de pensar, de sentir, de actuar, que provienen de estos horizontes diversos.
No se trata evidentemente de un simple contacto entre elementos de culturas distintas. La interculturalidad así definida crea inevitablemente mucha tensión en los individuos, porque, en la busca de dar cierta coherencia recreando los elementos asimilados de diversas partes, no sólo están en juego los contenidos, sino también las propias formas de integrar e incorporar. Mientras, por ejemplo, en el sincretismo andino colonial, la antigua lógica andina de asimilación de elementos externos no sólo no desaparece sino encuentra un extraordinario campo de aplicación, la situación moderna de interculturalidad ligada a las grandes migraciones empieza a poner en cuestión lo que podríamos llamar el núcleo estructurante de las culturas tradicionales, es decir las formas mismas de asimilación y de articulación.
El caso del Padre Cerro
Vayamos por partes y retomemos lo dicho con ayuda del ejemplo de la relación con el Padre Cerro vivida por quienes pertenecen a la cultura andina.
Antes de seguir, deseo hacer una observación terminológica. En la línea de la crítica a una esencialización de la cultura, es preferible utilizar el término "andino" como adjetivo (cultura andina, sociedad andina, etc.) evitando la expresión "lo andino", como se hace a menudo, porque ésta invita facilmente a una interpretación metafísica, no histórica, y a la búsqueda de una supuesta "esencia". Cuando hablamos de cultura andina, nos referimos en cambio a un producto histórico que se ha ido internalizando en las personas en el marco de instituciones (grupos de parientes, cofradías, organizaciones del pueblo o de la comunidad) y mediante métodos de socialización muy concretos (entre éstos tienen particular importancia las múltiples fiestas y rituales de la vida campesina).
Retomando el tema, la relación con el Cerro se expresa de manera especialmente nítida en el ritual del "pago" o pagapu, el mismo que se ha venido reproduciendo en los andes porque ha tenido sostén social e institucional, porque las nuevas generaciones han ido aprendiendo de sus mayores a practicarlo y, sobre todo, porque tenía sentido en el contexto social y en el imaginario compartido. ¿Cuál es ese sentido? Los campesinos andinos están convencidos de que esta ofrenda atraerá beneficios sobre su ganado. De no hacerla, en cambio, se producirían desgracias: infertilidad del ganado, pérdida o muerte, enfermedades. La ofrenda es, pues, un trato con el cerro, de acuerdo a las reglas de la reciprocidad.
En la cultura andina tradicional actual, la relación con el cerro se ha modificado, no es exactamente la que pudo existir en la tradición prehispánica, especialmente porque se han incorporado muchos elementos originarios de la cultura popular hispana. Es así como aparecen rezos cristianos en los rituales al cerro o la distinción entre "cerros cristianos" y "cerros del demonio". Los elementos externos han sido aquí incorporados de acuerdo a una lógica de apropiación "aglutinante" (de modo en el fondo similar a la construcción sintáctica en los idiomas quechua y aymara), lógica que busca complementariedad de los elementos mediante subdivisiones en categorías polares pero que tienen cada una su lugar: Jesucristo (o el santo en la iglesia) y el Padre Cerro, el Cerro bueno (cristiano) y el Cerro malo. El resultado de ese proceso de incorporación y ubicación de elementos externos, algunos lo llaman sincretismo (Marzal), mientras otros (Arguedas) prefieren considerarlo simplemente como una transformación de la cultura andina dentro de sus propios parámetros 3. Lo cierto es que no parece haberse modificado mucho lo que llamamos arriba el núcleo estructurante, esto es el modo de apropiación. La relación intercultural se construye aquí sobre valores comunes a todas las sociedades tradicionales que, precisamente por ser tales, mantienen a los grupos sociales en espacios más o menos cerrados, de tal modo que pueden interrelacionarse funcionalmente, intercomunicarse (en un contexto de dominación colonial en el caso andino) sin necesidad de modificar los aspectos más profundos, más estructurantes, de su herencia cultural.
La interculturalidad moderna
La confrontación con la cultura moderna supone retos de otras dimensiones. Veamos. Al buscar un entendimiento con el cerro, se busca una relación positiva con todo lo que él representa: fuerza de la naturaleza, fuente misteriosa de vida de los animales, y también autoridad poderosa, antepasado común, encarnación de la prosperidad colectiva. El cerro es símbolo de todo ello, y seguramente de mucho más. Es metáfora de estas realidades representadas, pero todos actúan como si no fuera tal, como si el personaje-cerro al que se hace la ofrenda existiera realmente. En la perspectiva mítico-mágica, en efecto, la metáfora no es percibida como tal, el gesto simbólico es eficaz porque se considera que actúa sobre algo real. El pensamiento moderno, en cambio, critica esta confusión de las representaciones simbólicas con la realidad, propia del pensamiento mítico-mágico. Esta crítica, sin embargo cae facilmente en el positivismo que, al rechazar el mito, rechaza también la metáfora tradicional con todos los contenidos que ella encierra, y por otro lado construye nuevos mitos en torno a los conceptos de Ciencia y de Progreso. Pero la cultura moderna también abre nuevas posibilidades: al distinguir conscientemente entre metáfora y realidad, se puede utilizar la metáfora más libremente, se la puede reconstruir, diversificar, se pueden inventar nuevas formas y representaciones.
Esta novedad es producto de la historia de la humanidad en su conjunto. Está ciertamente ligada a la crítica filosófica e intelectual, pero ésta se desarrolla dentro de grandes procesos sociales que le dan sustento. Es en el encuentro concreto e intenso con grupos y personas que hacen las cosas de modo distinto a nosotros, que se forja la posibilidad de cuestionar nuestras propias seguridades, de percibir que lo que creíamos realidad, era al fin de cuenta metáfora que remitía a sentidos mucho más profundos 4. La cultura moderna es un producto de múltiples encuentros entre personas de orígenes muy diversos, que, por la intensidad de las relaciones, y al haber sido quebradas las antiguas jerarquías corporativas, no pueden quedarse encerradas en su grupo propio y se ven arrinconadas a descubrir en la práctica que también son humanos quienes se comportan de modo distinto.
Claro está, estos procesos han sido lentos y se han dado a menudo con trompetas guerreras de transfondo. Los dominados política y militarmente, también lo han sido culturalmente. En América, los indios fueron, literalmente, "reducidos", separados. Pero, en nuestro siglo, quienes habían sido puestos al margen, considerados a veces infrahumanos, gente "sin lengua y sin cultura", dieron la batalla por la escuela, pelearon duro por apropiarse los códigos ajenos. No importa tanto que dominaran mal los nuevos códigos, que hablaran "mal" el castellano mientras ya se iban olvidando del quechua, lo central aquí es que tuvieran la experiencia en carne propia de lo relativo de los hábitos aprendidos en la niñez, de lo relativo por ende de todos los hábitos y de que éstos pueden cambiar. De ahí deriva la tan mentada creatividad de los informales de hoy, la energía innovadora de los migrantes, la inventiva en la lucha de las organizaciones populares.
Esto no va sin problemas. Siempre es grande la tentación del refugio y encierro en lo conocido. También lo es la de intentar crear un nuevo mundo, cerrado por completo, en el que sean eliminadas las tensiones que surgen del encuentro constante con otros muy diferentes a mí. Ese es el camino de todos los fundamentalismos que, aunque opuestos a la mentalidad moderna, no existirían sin ella, son una manera de utilizar recursos modernos en una perspectiva tradicional. Son esfuerzos desesperados por generar espacios cerrados y homogéneos donde reconstruir en apariencia las seguridades de las antiguas sociedades tradicionales. Pero para ello, se requiere reforzar artificialmente -sectariamente- las fronteras del grupo y crear en sus integrantes una mentalidad mucho más dogmática de la que se pudo tener en sociedades que no se veían cotidianamente sometidas a comparaciones de sus propios comportamientos con los de otros.
Se asocia demasiado facilmente la modernidad con un proceso homogeneizador de la cultura de masas. Este aspecto acrítico e intolerante de la sociedad contemporánea más bien podría considerarse como lo menos moderno, lo más cercano a muchas culturas tradicionales. El proceso moderno, en cambio, nace de potenciar el encuentro entre recursos culturales provenientes de la diversidad de culturas tradicionales. Moderno no es sinónimo de contemporáneo, sino de innovador, abierto a lo nuevo, y tan abierto que se está dispuesto a arriesgar en la aventura hasta lo más íntimo del alma, la propia manera de ser, la propia concepción del mundo. Es construcción de unidad no homogénea, muy dialogante, con mucha libertad de elección de los sujetos, con igualdad de oportunidades, con equidad. Estos encuentros múltiples constituyen un potencial enorme, una gran riqueza para buscar soluciones múltiples, que aproveche los puntos de vista y ángulos muy diversos.
Las sociedades tradicionales -vistas desde nuestra perspectiva- crearon recursos culturales múltiples y diversos, pero no tenían la posibilidad de acceder a todos ellos. Constituyeron mosáicos multicolores, pero, para seguir con la metáfora, cada parcela de la loza se percibía a sí misma de un solo color y, las más de las veces, o bien no percibía los otros colores, o bien miraba a las otras partes con el desdén de quien está seguro de que el mundo es del color del cristal a través del cual lo está mirando. Las grandes civilizaciones de algún modo lograron superar algunas de sus limitaciones, para aprovechar recursos culturales de orígenes muy diversos (pensemos solamente en los grandes flujos culturales en torno al Mediterráneo o en el desarrollo de los estados andinos).
El desarrollo de las tecnologías modernas en medios de transportes y en telecomunicaciones ha abierto posibilidades totalmente nuevas. Ahora sí, es técnicamente posible tener acceso directo y cercano a los recursos culturales disponibles en el mundo, en toda su diversidad. Obviamente, la posibilidad técnica no resuelve nuestro problema subjetivo: nuestra dificultad en asumir plenamente el que otros tengan mucho que aportarnos desde experiencias y tradiciones culturales muy distintas. Ese es el tipo de problemas que debemos trabajar para evitar que las tecnologías modernas conduzcan a la homogeneización y uniformización esteril y peligrosa. La interculturalidad moderna es en ese sentido un esfuerzo por mirar el mundo a través de cristales de formas y colores distintos. De esa experiencia de miradas distintas, que nos convencen de que no somos el ombligo del mundo, nace más humildad y más tolerancia y un mundo más libre y humano. Datos adicionales del artículo de Juan Ansión (Páginas 129) Sumilla La cultura y la interculturalidad deben estudiarse desde el mundo interno de las personas, evitando toda esencialización. Como en la relación de los andinos con el Padre Cerro, las culturas tradicionales han sabido incorporar elementos externos. La interculturalidad moderna va más allá y potencia el encuentro entre recursos culturales provenientes de la diversidad de culturas tradicionales.